Apología del miedo


Uno no debe aprender a perder su miedo. Debe verlo, aceptarlo y conocerlo. Se requiere de su deconstrución, atenta, observadora, que descomponga en todas su particularidades, el miedo o miedos. Nadie nunca dijo que este fuese único. 

¿De qué trata el miedo? De angustia. Sufrimiento. Lamento. De limitaciones y paralización. De ausencia de valentía y razón.  

Descartes, siempre lo asimilo a la cobardía. Pero el miedo como en el mundo, es una gran contradicción. 

De nuevo, ¿de qué trata el miedo? De emoción. Sentir. Vivir. De luchar, superar y lograr. De conocer, aceptar y afrontar. 

El miedo deja de ser miedo justo en el momento que se concibe que uno mismo, es quien lo genera.  El miedo es tan solo, el temor al cambio. Angustia provocada por la incertidumbre de vivir nuevas situaciones aún no controladas. Así como el motor de los nuevos retos que presta la vida. 

De carácter natural y común, el miedo, también es creado. Se ha culturizado. Se ha sociabilizado. Se ha construido un nuevo panorama globalizando las narrativas del miedo dentro de la sociedad. Se puede decir que “Nadie es eternamente culpable de su miedo”, como comprendí con la lectura de “Informe contra mí mismo” de Eliseo Alberto.

La cultura del miedo se ha extendido. Se ha instalado y ha venido a quedarse. Consiguiendo que en esta ultima década se normalice entre las sociedades un alarmismo predeterminado. Factor cuya importancia se ha propagado, sea por  la aceleración del desastre medioambiental, la precarización del trabajo, la destrucción de la previsión social, la creciente imprevisibilidad del futuro demasiado líquido e inestable, la cibervigilancia global, promovida por la anarquía del terror. Dando vía libre al uso y praxis del miedo como herramienta gubernamental.  

El temor y el afán de protección, únicamente por uno mismo y el prójimo, permite extender la desconfianza suficiente para influir en los paramentos de comportamiento social. Cegando. Manejando y atrapando. Manipulando. Impidiendo. Dominando y prohibiendo. 

El miedo atenaza, sin distinguir entre clases, culturas o territorios. Gesta sobre la sociedad y en toda su historia, desmedidas cotas de angustia y ansiedad sobre la humanidad que la conforma. Corrompiendo y atrofiando su capacidad critica. 

Es así como se acaba apostando antes por el control social que por la propia libertad, bajo el lema de la protección de la seguridad mundial. Argumento algo incongruente en esta sociedad liquidad, donde no hay cabida a conceptos que establezcan que hay algo seguro y estable  en esta vida. 

De nuevo tan solo queda que bajo esa ceguera absoluta que condiciona la acción humana, despierte la inmensidad humanitaria y como si de un milagro se tratase, de nuevo visualicen su necesidad y poder de existir. El pueblo siempre tiene el poder, el problema esta cuando se olvida, se distrae y se aleja sin darse cuenta de las condiciones necesarias para inmunizarse contra el miedo y el manejo público del mismo.

En definitiva,  como bien dice Eliseo Alberto “Todo depende del tamaño e intensidad del miedo”.

Algún día se cumplirá ese milagro. El miedo, existió, existe y existirá, pero algún día se  obviará al miedo por los los riesgos que entraña  y sin huir de él, se manejará para aprovechar su virtud de estimulación y progresión. Algún día. 






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